Por: Lic. Bárbara Lera Castellanos.
Hoy es el Día del Psicólogo en México (20 de mayo) por lo que quiero aprovechar este espacio para felicitar a todos los psicólogos que están leyendo mi columna.
Gracias por acompañar procesos, escuchar historias difíciles, sostener emociones ajenas y seguir estando ahí incluso en los días pesados de sus pacientes.
En la actualidad cada vez crece el número de personas que tienen algún problema psicológico, desorden de la personalidad o simplemente huellas de abandono de la infancia no tratados que afectan más de lo que nos imaginamos en su vida adulta.
La Dra. Alice Miller dedicó treinta años a escuchar vidas que, desde fuera, parecían exitosas y ordenadas, pero que por dentro estaban rotas por un sufrimiento inexplicable.
Su hallazgo central no apuntó a condiciones externas —riqueza, estatus, oportunidades— sino a una herida temprana y universal, se refería que muchos niños nunca se les permitió sentir sus emociones reales.
Miller nombró ese proceso “pedagogía negra”: una enseñanza sistemática, a menudo bien intencionada, que etiqueta emociones como peligrosas, vergonzosas o inútiles.
La ira se reprime como amenaza, la tristeza se minimiza como debilidad, y la necesidad emocional se percibe como una carga.
El resultado no es sólo dolor inmediato, sino un aprendizaje profundo: “no tengo derecho a sentir”. Ese silencio emocional tiene implicaciones educativas y psicológicas enormes.
Desde la pedagogía, negar el mundo interno del niño equivale a truncar su capacidad de autoconocimiento.
La escuela y la familia que invalidan sentimientos limitan el desarrollo de la inteligencia emocional —la habilidad para reconocer, nombrar y regular emociones—, la cual hoy sabemos es clave para el rendimiento académico, las relaciones interpersonales y la resiliencia.
La psicología moderna confirma que la represión emocional no resuelve el malestar: lo somatiza, lo proyecta y lo perpetúa en patrones de conducta autodestructiva o en relaciones tóxicas.
Para los jóvenes, las consecuencias son particularmente sensibles.
La adolescencia es un periodo de construcción identitaria y emocional; si no se enseña a tolerar y procesar emociones, los jóvenes pueden buscar alivios inmediatos, para citar algunos ejemplos pueden ser adicciones, aislamiento, hipercompetitividad— o aprender a presentarse como “funcionales” mientras padecen internamente.
La labor educativa debe entonces incorporar prácticas que validen la experiencia emocional: escucha empática, alfabetización emocional, espacios seguros para el duelo y la ira, y modelos adultos que muestren regulación emocional auténtica.
La rehabilitación social frente a la pedagogía negra implica tres acciones concretas: reformular la educación emocional en planes escolares, formar a docentes y familias en prácticas validantes, y democratizar el acceso a la atención psicológica temprana, dandole fuerza especial a la inteligencia emocional.
Estas medidas no solo alivian el sufrimiento individual; fortalecen comunidades más sanas y jóvenes capaces de enfrentar desafíos con mayor seguridad, autoestima y autenticidad.
Reconocer y permitir el sentir es un acto de humanidad esencial.
Respetar las emociones de niñas, niños y jóvenes no es indulgencia, sino la base de una vida íntegra, formar personas que sienten, comprenden y comunican sus estados internos construyen relaciones más auténticas, sociedades más compasivas y, en última instancia, generaciones capaces de prosperar sin renunciar a su verdad emocional.
Fuentes principales:
• Miller, Alice.
The Drama of the Gifted Child (El drama del niño dotado).
• Miller, Alice.
For Your Own Good (Por tu propio bien).
• Ekman, Paul. Research on emotions and emotional expression.
• Goleman, Daniel. Emotional Intelligence.
• Fonagy, Peter; Bateman, Anthony. Research on attachment and mentalization.
