Por Martín Díaz
En Ciudad Victoria nadie debería oponerse a un transporte gratuito para estudiantes. El “Lalo Bus” es, en papel, una buena noticia: ayuda a jóvenes que batallan con el bolsillo, reduce gastos familiares y facilita el traslado hacia escuelas y universidades. Bienvenido.
El problema no es el autobús.
El problema es el alcalde que lo presenta como si fuera un acto de bondad divina y no una obligación mínima de un gobierno con una ciudad llena de necesidades.
El video donde Eduardo “Lalo” Gattás narra el origen del camión no deja dudas. No estamos frente a una política pública planeada, revisada y pensada para crecer. Estamos frente a una ocurrencia que se volvió proyecto por una casualidad, una llamada y una frase que retrata por completo su estilo de gobierno:
“¿Por qué no me has pedido nada?”
Con esa pregunta —que dirige al dueño de Transpaís, Lalo Usuna— el alcalde exhibe cómo entiende el ejercicio del poder: como un sistema donde los empresarios deben pedir y él debe corresponder. No habla de inversión, de trámites, de desarrollo económico ni de reglas claras. Habla de favores.
Ahí está el foco rojo político.
Ahí está el verdadero tema.
El “Lalo Bus” nace porque el alcalde reclamó que el empresario no le había solicitado nada “en el primer periodo”. Lo dice como si fuera un defecto, como si la cercanía con el gobierno implicara automáticamente un intercambio, un gesto, una cuota de lealtad. Y luego, como respuesta, llega el autobús. Una donación que él presume con orgullo sin entender que, políticamente, es una bomba: en esa historia no hay gestión, hay compadrazgo. No hay política pública, hay deuda moral.
Lo que el alcalde considera “normal”, en cualquier ciudad seria sería un escándalo. Si un funcionario confiesa que llama a empresarios para ver “qué se les ofrece”, no está mostrando cercanía: está abriendo la puerta a privilegios, presiones e intercambios que nada tienen que ver con gobernar.
Y el video lo confirma. En lugar de presentar rutas, horarios, reglas o metas del proyecto, Gattás se pierde en anécdotas, chistes, nostalgias estudiantiles, sermones familiares y hasta consejos sobre honrar a los padres. Muy emotivo; cero institucional. Puro carisma, nada de administración pública.
La capital no necesita ocurrencias envueltas en discursos de buena fe. Necesita programas que sobrevivan al humor del alcalde, que no dependan de “tocayos”, que no se originen por una llamada. Necesita planificación real, no improvisación.
El “Lalo Bus” es bienvenido.
Lo que no se puede seguir normalizando es el estilo de un alcalde que gobierna a ocurrencias, con favores, amistades y caprichos personales.
