Por: Bárbara Lera Castellanos.
Leer “Metrópolis Verde” de David Owen me golpeó como un rayo en medio del caos de la gran ciudad (CDMX.)
Vivo en un departamento rodeada de ruido constante, pero esta lectura me hizo cuestionar si esa densidad caótica no es, en realidad, mi salvavidas ecológico.
Owen desafía la idea romántica de que la sostenibilidad está en las casas amplias con jardín en las afueras; al contrario, defiende que vivir en espacios pequeños, cerca unos de otros y con menos autos es la clave para un futuro viable.
Y yo, que prefiero algunos días caminar para ahorrarme el tráfico, lo siento en carne propia.
Recuerdo mis visitas a las suburbios de Estados Unidos, donde amigos presumen de sus patios verdes y garajes para dos SUVs. Parecía idílico, pero Owen revela la verdad: esa dispersión devora petróleo, electricidad y agua.
Por ejemplo en Manhattan, el lugar más denso de Norteamérica, los residentes generan menos basura, usan transporte público como nadie y emiten la menor cantidad de gases de efecto invernadero per cápita.
Consumen gasolina como en los años 20, cuando el Ford Modelo T reinaba. Caminar es su norma, no una rareza.
Esto no es casualidad, dice Owen; es diseño urbano inteligente que minimiza el impacto ambiental.
En mi México, veo ecos de esto. Aquí, en el corazón de 22 millones de almas, cada vez más personas evitan el uso del auto diario: el Metro, el Metrobús y sus piernas los llevan a todas partes.
Generan menos residuos porque no acumulan espacio extra; Pero también sufren los atascos infernales y la contaminación que ahoga el cielo.
Owen me convence: el problema no es la densidad, sino la suburbialización que nos tienta.
Dispersarnos por el Valle de México, con fraccionamientos aislados, agravaría todo: más emisiones, más agua derrochada, problemas invisibles y sin solución colectiva.
Personalmente, este libro me inspira a abogar por ciudades como la mía, pero mejoradas: más ciclovías, menos autos privados, edificios compactos con techos verdes.
No se trata de volver a la naturaleza virgen —imposible en un mundo de 8 mil millones—, sino de hacer que todo el planeta viva “como en Manhattan”.
Si logramos eso, mi generación cumplirá las metas ambientales que nos esperan.
Owen no solo informa; motiva a actuar localmente, sobre todo para las grandes ciudades como Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey.
En ciudades provinciales o pequeñas que no luchan con el mismo hacinamiento y la contaminación extrema de un lugar como Ciudad de México, el enfoque de “metrópolis verde” puede aplicarse de manera preventiva y visionaria.
Lejos de repetir los errores de las grandes metrópolis, estas ciudades tienen la oportunidad de planificar desde ahora un urbanismo sostenible que cuide el medio ambiente, sin perder su escala humana y su tranquilidad.
Aunque el espacio no parece limitado aún, conviene evitar la dispersión ilimitada hacia el campo.
En lugar de fraccionamientos aislados, se puede promover un crecimiento urbano ordenado, con densidad moderada y usos mixtos (vivienda, comercio, servicios) en el mismo barrio.
Esto reduce la necesidad de viajes largos en auto, favorece caminar y el uso de bicicletas, y protege áreas rurales y naturales que aún están sanas.
Desde el inicio en ciudades pequeñas donde el automóvil no es tan inevitable, se puede insistir en la movilidad peatonal y ciclista, con calles seguras, banquetas amplias y ciclovías bien conectadas.
Además, crear rutas de transporte público eficientes, incluso con autobuses eléctricos o alternativos, permite que al crecer la población no se repita el caos de tráfico y emisiones de las grandes ciudades.
Redes de espacios verdes e infraestructura verde.
Aquí es donde provincias con menos presión ambiental pueden ser ejemplos. Se puede diseñar una red continua de parques, corredores verdes, plazas y jardines escolares y comunitarios, que conecten barrios y mejoren aire, sombra, biodiversidad y calidad de vida.
Incluso se pueden integrar bosques urbanos o sistemas de drenaje sostenible que prevengan inundaciones y filtren el agua pluvial.
Por último, las ciudades pequeñas pueden usar su cercanía social para incorporar a la comunidad en la planificación urbana participativa (Talleres, foros y planes de desarrollo incremental ayudan a definir normas claras de construcción), densidad y uso de suelo, de modo que el crecimiento no se vuelva caótico.
Desde este enfoque personal, veo que no se trata de “convertir todo en Manhattan”, sino de aprender de su modelo: cuidar el medio ambiente anticipando el crecimiento, no remediando el desastre.
Tamaulipas: una oportunidad verde por delante
Tamaulipas tiene una ventaja invaluable que las grandes metrópolis ya perdieron: aún está a tiempo. Reynosa, Nuevo Laredo y Matamoros, vibrantes por su dinamismo fronterizo y comercial, pueden planificar su crecimiento evitando la dispersión que devora suelo y multiplica el uso del automóvil.
Ciudad Victoria, capital política y administrativa, tiene la posibilidad de consolidarse como un modelo de urbanismo compacto, con densidad moderada, usos mixtos y movilidad peatonal protegida.
Y la zona conurbada del sur —Tampico, Madero y Altamira— posee un potencial extraordinario: su cercanía geográfica, su vocación portuaria, industrial y turística, y sus humedales y áreas naturales invitan a diseñar corredores verdes, transporte público integrado y ciclovías que unan a las tres ciudades como una verdadera metrópolis sustentable.
Aplicar hoy las lecciones de David Owen significaría apostar por banquetas amplias, transporte eléctrico, bosques urbanos, drenaje sostenible y planeación participativa con la comunidad.
Tamaulipas puede anticiparse, no remediar. Si actuamos con visión, nuestras ciudades crecerán sin sacrificar su escala humana, su tranquilidad ni su entorno natural, demostrando que la metrópolis verde también florece desde la provincia mexicana.
