Columna Rosa, sólo para Mujeres/ “Normas a la dignidad humana, UAT”

Por: Lic. Bárbara Lera Castellanos.

La universidad Autónoma de Tamaulipas (UAT) debe ser un espacio donde aprender no implique sentir miedo.

En la UAT, prevenir y atender la violencia de género representa una responsabilidad vinculada con los derechos humanos estudiantiles.

Su importancia no se limita a responder ante una denuncia: también exige cuestionar prácticas que normalizan la discriminación, el hostigamiento y las relaciones desiguales de poder.

Como antecedente institucional, el Protocolo para la Atención de Casos de Violencia de Género establece bases para atender, investigar y dar seguimiento a estas situaciones.

Reconoce las atribuciones de la Defensoría de los Derechos Universitarios para conocer quejas e incluye hechos ocurridos tanto en espacios universitarios como digitales.

Este alcance permite comprender que la protección no termina en las puertas del campus.

El punto decisivo consiste en transformar los instrumentos institucionales en experiencias reales de seguridad.

Un antecedente inmediato, publicado el 21 de junio de 2026, fue la aprobación de la actualización del protocolo y la creación del Plan “Correcaminos para la Paz 2026”.

Ambas decisiones ofrecen un marco relevante para analizar los retos del segundo semestre del año en curso.

Lo más relevante en este aspecto es la implementación; que cada estudiante conozca dónde solicitar ayuda, encuentre una escucha respetuosa y reciba la orientación necesaria sin culpabilización.

Una actualización normativa adquiere sentido cuando reduce obstáculos para denunciar y favorece respuestas oportunas.

Desde esta perspectiva, la prevención necesita formación continua, participación estudiantil y revisión crítica de las prácticas cotidianas.

La atención debe proteger la confidencialidad, evitar la revictimización y respetar el debido proceso.

Estos criterios permiten valorar la distancia entre una promesa institucional y una comunidad verdaderamente protectora.

Una universidad con sentido humanista, reconoce que detrás de cada expediente existe una persona con historia, vínculos y proyectos.

Escuchar su experiencia no significa renunciar al rigor, sino ejercerlo con sensibilidad, empatía y justicia.

Prevenir la violencia de género implica educar para reconocer al otro como alguien igualmente digno.

El compromiso universitario debe expresarse en relaciones donde ninguna persona necesite sacrificar su tranquilidad para continuar estudiando.

La transformación más profunda ocurre cuando el respeto deja de ser una obligación escrita y se convierte en una forma compartida de convivencia y respeto mutuo.

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