Por: Lic. Bárbara Lera Castellanos.
Tamaulipas vive una etapa de transformación que merece ser observada con una perspectiva amplia: no solamente desde las cifras económicas o los indicadores de seguridad, sino desde la posibilidad de construir un estado donde el progreso llegue a las familias, genere oportunidades para los jóvenes y fortalezca la confianza de las mujeres en su futuro.
Durante la administración del gobernador Américo Villarreal Anaya (AVA) se ha planteado una visión de desarrollo con rostro humano, bajo la premisa de que crecimiento económico y bienestar social deben avanzar de manera conjunta.
Los datos permiten dimensionar el cambio. Entre 2020 y 2024, la pobreza multidimensional habría disminuido 42.4%, al pasar de aproximadamente 1.23 millones a 720 mil personas. En educación, la escolarización primaria alcanzó 92.8%, mientras se reporta conectividad digital en la totalidad de las escuelas rurales. En seguridad, la reducción de homicidios dolosos constituye igualmente un avance significativo.
Pero reconocer los resultados no significa ignorar los pendientes. El vandalismo registrado en 182 escuelas durante el ciclo 2025-2026, las diferencias en calidad educativa, las desigualdades territoriales y el deterioro de algunos espacios públicos recuerdan que la transformación todavía requiere continuidad.
Y es precisamente aquí donde la Universidad Autónoma de Tamaulipas (UAT) adquiere un papel estratégico.
Con el liderazgo del rector Dámaso Anaya Alvarado, la UAT está llamada a ser uno de los grandes motores del desarrollo estatal: formando capital humano, generando investigación, vinculándose con los sectores productivos y aportando conocimiento para resolver problemas sociales, ambientales, tecnológicos y económicos.
La coordinación entre la Universidad y el gobierno de AVA permite fortalecer un círculo virtuoso: educación, investigación, innovación, empleo y bienestar. La nueva realidad de Tamaulipas demanda profesionistas preparados para sectores como energía, comercio exterior, logística portuaria, agroindustria, turismo, tecnología y servicios especializados.
Para las mujeres, esta transformación educativa resulta particularmente importante. Una universidad pública fortalecida significa mayores posibilidades de movilidad social, profesionalización, emprendimiento y autonomía económica para miles de jóvenes tamaulipecas.
También debe consolidarse una seguridad con enfoque preventivo. Menos homicidios son una buena noticia, pero la seguridad verdadera se refleja en la tranquilidad cotidiana, en escuelas protegidas, calles iluminadas y espacios públicos recuperados. Juventud, deporte, cultura, empleo y participación comunitaria deben complementar la estrategia policial.
El progreso compartido exige, además, una nueva cultura ciudadana. Cuidar parques, escuelas, mercados, calles y áreas verdes no puede ser responsabilidad exclusiva de los gobiernos. La gestión integral de residuos, el mantenimiento preventivo, la iluminación y el orden urbano requieren corresponsabilidad.
Tamaulipas necesita pasar de la cultura de la queja a la cultura de la participación. Gobierno, UAT, empresas, familias y sociedad civil deben formar una alianza permanente para exigir resultados y, al mismo tiempo, asumir responsabilidades.
El verdadero éxito de esta transformación no estará solamente en las obras inauguradas ni en las estadísticas oficiales. Estará en que una madre pueda mirar el futuro de sus hijos con mayor confianza; en que una joven encuentre educación y empleo; en que una familia pueda disfrutar de un parque seguro; y en que cada comunidad sienta que el desarrollo también le pertenece.
Tamaulipas tiene hoy la oportunidad de convertirse en un referente de bienestar, orden, educación y progreso compartido.
Y ese futuro no se construye desde un solo gobierno ni desde una sola institución.
Se construye entre todas y todos.
