EN PERSPECTIVA/ LA LECCIÓN QUE VIENE DE COLOMBIA

  • Colombia y el desgaste del gobierno
  • Candidaturas complejas de Morena en el 2027
  • Tamaulipas y las mayorías cambiantes

Por: Omar Orlando Guajardo López

La derrota de la izquierda en Colombia merece observarse en México con menos pasión ideológica y más serenidad política. Resulta tentador atribuir a los medios, al poder económico, a las élites tradicionales o a las presiones externas, pero ningún proyecto político comienza a desgastarse por lo que hacen sus adversarios. Los gobiernos suelen empezar a vaciarse mucho antes de perder una elección, cuando dejan de distinguir entre mayoría y unanimidad, entre respaldo popular y cheque en blanco. La experiencia colombiana no es una copia del caso mexicano, pero sí una advertencia que conviene escuchar mientras Morena comienza a construir el camino hacia 2027.

La izquierda colombiana llegó al poder con Gustavo Petro y Francia Márquez después de décadas de predominio conservador. Lo hizo apoyada en una coalición amplia y heterogénea, con aliados que nunca fueron completamente de izquierda y con un discurso de cambio que logró conectar con una sociedad cansada. Sin embargo, las tensiones internas, la dificultad para consolidar una mayoría política estable y la incapacidad para ampliar la base social terminaron abriendo espacio para una reacción que encontró en Abelardo de la Espriella una candidatura capaz de capitalizar más el desgaste del gobierno que un entusiasmo genuino por la ultraderecha. La lección es incómoda para cualquier movimiento que ejerce el poder.

Claudia Sheinbaum llega a la segunda mitad de su gobierno con una legitimidad sólida y con niveles de aprobación que Gustavo Petro nunca tuvo en Colombia. Morena gobierna la mayoría de las entidades del país y la oposición atraviesa uno de sus momentos más pobres, sin liderazgo, sin narrativa propia y refugiada más en las denuncias que en la construcción de una alternativa. Alejandro Moreno en el PRI y Jorge Romero en el PAN representan más el desgaste del viejo sistema político que una propuesta de futuro, mientras Ricardo Salinas Pliego parece decidido a ocupar espacios desde los medios y las redes sociales. Sin embargo, la experiencia colombiana recuerda que las mayorías no se erosionan necesariamente por la fortaleza de sus adversarios, sino cuando dejan de renovarse.

Por eso el proceso que encabezan Ariadna Montiel y Citlali Hernández adquiere una dimensión mayor. La selección de candidatos para 2027 no sólo definirá diecisiete gubernaturas y la composición de la Cámara de Diputados; también pondrá a prueba la capacidad de Morena para corregirse y administrar una mayoría que no es permanente. Los casos de Rubén Rocha Moya en Sinaloa, Ricardo Gallardo en San Luis Potosí y el propio Américo Villarreal en Tamaulipas muestran que las encuestas pueden deteriorarse más lentamente que la confianza ciudadana y que la exigencia hacia quienes llegaron prometiendo una transformación suele ser más severa que la aplicada a sus adversarios. La discusión también alcanza al Partido Verde Ecologista de México y al Partido del Trabajo, aliados fundamentales para la construcción de las mayorías, pero cuya dinámica local no siempre coincide con las expectativas del electorado morenista.

Tamaulipas ilustra bien esa lógica. Después de décadas de predominio priista, el estado apostó por el PAN con Francisco García Cabeza de Vaca buscando una alternativa y, cuando esa experiencia tampoco respondió a las expectativas, en 2022 entregó el poder a Morena con Américo Villarreal. Esa secuencia revela un rasgo constante del electorado tamaulipeco: más que fidelidades ideológicas permanentes, privilegia soluciones prácticas y conserva una aspiración de bienestar y justicia social que se renueva con cada alternancia.

En una entidad atravesada por la dinámica fronteriza y por una conversación pública que se mueve a velocidades distintas al resto del país, el desgaste puede comenzar mucho antes de que aparezca una oposición verdaderamente competitiva. Reynosa, por su peso electoral y por las tensiones entre grupos encabezados por Maki Ortiz, Carlos Peña Ortiz, José Ramón Gómez Leal y Héctor Martín Garza González, resume buena parte de esa dinámica. Las mayorías cambian cuando dejan de encontrar razones para seguir creyendo y cuando la esperanza empieza a parecer demasiado a una administración más del poder.

Colombia merece una lectura serena. Donald Trump, las presiones externas, las campañas mediáticas y la debilidad de la oposición seguirán ahí. Pero las fracturas suelen comenzar mucho antes. Empiezan cuando la comodidad del poder sustituye la capacidad de corregirse. Y ahí, más que en la fuerza de sus adversarios, suele empezar el desgaste de los proyectos que alguna vez parecieron invencibles.

Notas Relacionadas