Por Yonatan Domínguez
Tardé un poco en escribir esta columna; necesitaba que la emoción de la final cediera terreno a la razón. Como seguidor romántico de la historia que construía Argentina, quería ser objetivo, quería saber si millones de aficionados, periodistas y expertos alrededor del mundo habían visto lo mismo que yo. Cuando entendí que sí, encontré también la mejor manera de explicar lo que sentí
España no solo es un digno campeón del mundo. España fue el único equipo que jugó la final.
Antes que cualquier emoción, conviene ser objetivos. La historia de una segunda Copa del Mundo para Messi tenía todos los ingredientes para convertirse en una de las narrativas más románticas de la historia del deporte, era el guion perfecto: el genio eterno, la última batalla, la oportunidad de cerrar una carrera irrepetible con un último gran triunfo, pero la realidad fue abrumadora.
Durante noventa minutos, Argentina prácticamente no existió en ataque, no encontró espacios, no generó peligro. Del otro lado, España ofreció una exhibición que rozó la perfección. No solo dominó el balón, sino que dominó los tiempos, los espacios y las emociones del partido; fue una actuación tan limpia que será difícil encontrar una similar en una final de Copa del Mundo.
Quienes amamos el deporte solemos buscar muchas cosas; identidad, historias, héroes, pero, al final, lo que todos buscamos es sentir algo, queremos emocionarnos, queremos levantarnos del asiento, queremos recordar por qué nos enamoramos de un juego, y eso fue exactamente lo que España regaló.
Mientras observaba el partido, tuve una sensación curiosa: era como mirar una película cuyo final parecía evidente desde el principio, como una película de superhéroes, solo que esta vez superhéroes con furia roja, su convicción era visible en cada jugada, los minutos avanzaban; llegaban las oportunidades, los disparos, las combinaciones, la presión constante, y sin darme cuenta, quería que ganara España, no porque hubiera cambiado de equipo, sino porque quería justicia.
El deporte puede ser cruel muchas veces, cualquier resultado favorable para Argentina habría resultado difícil de reconciliar con lo que estábamos viendo en la cancha
La victoria de España trasciende el marcador, no ganó únicamente porque anotó. Ganó porque recordó algo que muchas veces parece perdido en el fútbol moderno: que se puede competir sin renunciar al espectáculo.
Durante años hemos visto cómo la obsesión por el resultado ha ido desplazando al disfrute. Sistemas más rígidos, riesgos calculados, partidos diseñados para minimizar errores antes que para provocar emociones, España hizo exactamente lo contrario, fue dinámica, fue vertical, fue atrevida, fue divertida.
Mientras observaba a sus jugadores levantar la copa, pensé en todo lo que España recorrió para llegar hasta aquí, en las generaciones que se quedaron cerca, en las decepciones, en los años de frustración, en la presión de representar a una nación que respira fútbol, entonces entendí algo, tal vez la historia que debíamos seguir no era la de Messi buscando engrandecer aún más un legado que ya es inmortal, quizá el verdadero romance de este Mundial era otro, la reconciliación del fútbol con España.
Un país que posee algunos de los clubes más importantes del planeta, una tierra que ha visto triunfar a jugadores de todos los rincones del mundo, un lugar que transformó la manera de entender el juego y marcó tendencias que todavía influyen en el fútbol moderno: su lugar en la historia ya estaba asegurado, pero ahora más nunca es incuestionable, más que un campeonato, más que una celebración, más que una generación brillante, lo de España se siente como justicia histórica.
Gano España. Gano el Futbol.
La gloria no es de quien la consigue, sino de quien la disfruta.
