Columna Opinión Económica y Familiar “LOS LERA: HISTORIA DE MIGRACIÓN, COMERCIO Y RAÍCES ESPAÑOLAS”

Relato familiar del Dr. Jorge A. Lera Mejía. Investigador Honorario UAT-SNII-2 SECIHTI.

De Santander a Tampico, de las tierras de Cantabria a las costas de Tamaulipas: una historia de familia, trabajo, encuentros y memoria que atravesó el Atlántico para dejar huella en dos continentes.

I. Los orígenes: una familia comerciante de Santander

Mi historia familiar comienza en el puerto de Santander, capital de Cantabria, España, donde en marzo de 1895 nació mi abuelo paterno, César Ambrosio De Lera Ortíz, hijo de don Luis De Lera y doña María Ortíz de Lera, una pareja de comerciantes que formó una familia numerosa, unida por el trabajo, la tradición y el espíritu emprendedor.

Mis bisabuelos se dedicaban al comercio de productos electrónicos y electrodomésticos, según la memoria familiar, y procrearon ocho hijos: Guadalupe, Carmelita, Armando, Raúl, Milagros, Rosy, César Ambrosio y Fernando. Cada uno siguió su propio camino, aunque todos conservaron, de una manera u otra, el sello de una familia acostumbrada a ganarse la vida mediante el comercio.

En aquella casa del centro de Santander se forjaron los valores que acompañarían a sus descendientes: la responsabilidad, el esfuerzo, la iniciativa y la capacidad de abrirse camino lejos del lugar de nacimiento.

A finales del siglo XIX y principios del XX, España vivía transformaciones económicas y sociales que impulsaron a numerosos jóvenes a buscar mejores oportunidades en América. La migración se convirtió en una alternativa para quienes deseaban construir un patrimonio y alcanzar una vida diferente.

Mi abuelo César Ambrosio fue uno de aquellos jóvenes que se atrevieron a cruzar el océano en busca de un futuro prometedor.

II. El viaje hacia América: Cuba y el sueño mexicano

En 1915, cuando Europa se encontraba inmersa en la Primera Guerra Mundial, mi abuelo César De Lera Ortíz emprendió su viaje hacia América acompañado de su hermano Armando.

De acuerdo con la historia que conservamos en la familia, ambos embarcaron en el buque “Alfonso XII”, de la Compañía Trasatlántica Española, con escala en La Habana, Cuba, antes de continuar hacia el puerto de Tampico, Tamaulipas.

La travesía representaba mucho más que un desplazamiento geográfico. Significaba dejar atrás la casa paterna, los hermanos, las calles de Santander y todo aquello que hasta entonces había definido sus vidas.

Antes de llegar a México, César y Armando trabajaron en Cuba como dependientes en establecimientos comerciales de otros españoles. Aquella experiencia les permitió aprender los códigos de los negocios, conocer las redes de paisanaje y comprender que, para prosperar en tierras americanas, era indispensable comenzar desde abajo.

Armando decidió permanecer en Cuba, donde desarrolló su propia trayectoria. Décadas después, tras los acontecimientos de la Revolución cubana, adoptaría, según el relato familiar, el nombre de Armando Hidalgo Ortíz.

César, por su parte, continuó hacia México. Lo esperaba un país que, pese a sus propias convulsiones políticas, ofrecía oportunidades excepcionales en determinadas regiones. En el sur de Tamaulipas y el norte de Veracruz, el auge petrolero transformaba pueblos, puertos y ciudades.

III. Tampico: la ciudad que recibía a los emprendedores

Cuando mi abuelo llegó a Tampico en 1915, la región vivía una etapa extraordinaria de expansión económica. Los descubrimientos y la explotación de yacimientos en Ébano, San Luis Potosí; Cerro Azul, Pánuco y otras zonas petroleras del norte de Veracruz impulsaban la actividad portuaria, comercial y financiera.

Empresas como El Águila, la Huasteca Petroleum Company, la Walter Pierce Oil Company y la Standard Oil formaban parte de un escenario en el que confluyeron inversiones británicas, estadounidenses y de otros orígenes.

Tampico se convirtió en una puerta de entrada para capitales, mercancías, trabajadores e inmigrantes. Su dinamismo le valió comparaciones con grandes ciudades comerciales internacionales, hasta ganarse entre sus habitantes y visitantes la imagen de una pequeña metrópoli cosmopolita. Se le llamó la pequeña Nueva Orleans, y en su centro se conservan edificios similares a esa ciudad afrancesada.

En ese ambiente, los españoles desempeñaron un papel destacado en el comercio, los servicios y las redes empresariales. Muchos jóvenes llegaban recomendados por familiares o conocidos, comenzaban como dependientes y, con disciplina y experiencia, aspiraban a convertirse en comerciantes independientes.

Mi abuelo César se integró a esa tradición. Después de su estancia en Cuba, llegó a Tampico para reunirse y asociarse con el reconocido empresario español G. Llaca. Juntos establecieron Llaca & Lera Co., dedicada a la comercialización de materiales para la construcción.

De esa manera, el joven santanderino comenzó a construir su propia historia empresarial en México.

IV. El encuentro con Concepción Padilla Márquez

El destino de mi abuelo también quedó marcado por un encuentro personal. En 1919 en Tampico conoció a mi abuela paterna, Concepción Padilla Márquez, a quien la familia llamaba cariñosamente Concha.

Mi abuela descendía igualmente de una familia de raíces españolas, vinculada al comercio y las actividades financieras. Sus padres fueron don Ricardo Padilla y doña Aurora Márquez de Padilla, recordada por sus hermosos ojos azules.

Concha ocupaba un lugar intermedio entre sus hermanos: Ricardo, Ramón, Raúl y Margarita. Ricardo Padilla Márquez llegó a ser socio del Banco Mercantil de Tampico, mientras que Raúl se dedicó al comercio de muebles. Margarita y Concha eran recordadas por su belleza y elegancia.

Mi abuelo César cortejó a Concha y ambos contrajeron matrimonio en el año de 2020, en Tampico. Así se unieron dos familias que compartían una cultura de trabajo, iniciativa comercial y aspiraciones de prosperidad.

De ese matrimonio nació el 23 de noviembre de 2021 mi padre, don Roberto Lera Padilla y luego mi tío don Eduardo en el año 2023.

Sin embargo, con el paso del tiempo surgieron incompatibilidades que condujeron a la separación de la pareja. Mi abuelo dejó el negocio de materiales de construcción en manos de su socio, el señor Llaca, y en 1930 regresó a España.

Con aquel retorno se cerró una etapa de su vida mexicana, pero no desapareció el vínculo familiar que había establecido al otro lado del Atlántico.

V. El regreso a España y una nueva generación

De vuelta en España, mi abuelo César se estableció nuevamente en el País Vasco, donde volvió a casarse y tuvo un tercer hijo, César De Lera Fernández.

Mi tío César desarrolló una vocación artística que lo condujo a la fotografía. Afincado en San Sebastián, conocida en Euskera como Donostia, se convirtió en fotógrafo y miembro activo de la Sociedad Fotográfica de Gipuzkoa. Su trabajo se ha orientado hacia la fotografía artística, urbana y documental, con proyectos personales de carácter narrativo.

De esta manera, el apellido De Lera continuó su historia en España, ahora ligado también a la sensibilidad artística y a la interpretación visual de la sociedad.

Mientras tanto, en México, mi padre Roberto Lera Padilla heredaría la vocación comercial de ambas ramas familiares.

Por cuestiones prácticas, mi padre mantuvo su doble nacionalidad mexicana y española pero decide registrar su nombre eliminando la abreviatura “De” dejando su nombre como Roberto Lera Padilla.

Por mi parte, respaldado por la opción de la ciudadanía española por ser nieto de español e hijo de padre mexicano español, en 2010 gestioné mi nacionalidad española por descendiencia en el Consulado de Monterrey, y mis tres hijos en consecuencia.

VI. Mi encuentro con España: el viaje de 1976

La conexión con mis raíces españolas nunca me permitió olvidar el origen de mi familia paterna.

En el verano de 1976, decidí viajar a España para conocer personalmente la tierra donde había nacido mi abuelo César.

Llegué a Santander con la emoción de quien busca algo más que un lugar en el mapa: buscaba reconstruir una parte de mi propia identidad.

Allí conocí a mis tías abuelas Guadalupe y Carmelita De Lera, quienes vivían en el centro de la ciudad. Ellas me dieron una noticia que marcó aquel encuentro: mi abuelo había fallecido en 1974, en plena caída del Franquismo español. También me hablaron de su nueva familia y de mi tío César, residente en San Sebastián.

Mis tías me entregaron una copia del acta de nacimiento de mi abuelo y me obsequiaron una hermosa fotografía de recuerdo de toda la familia De Lera Ortíz, reunida en su casa del centro de Santander.

Aquellos documentos se convirtieron en auténticos tesoros familiares: pruebas materiales de una historia que, hasta entonces, yo conocía principalmente por los relatos transmitidos entre generaciones.

Durante aquel año de 1976 viví en Bilbao, donde becado por la Asociación Internacional de Estudiantes de Ciencias Económicas y Comerciales -AIESEC- y el ITAM, estudié un semestre de Economía en la prestigiosa Universidad de Deusto, institución jesuita de reconocida trayectoria académica. Alterné mis estudios con el trabajo en la Cooperativa Bellena de Bilbao, vinculada a la producción y comercialización de lácteos y quesos.

Fue una experiencia que me permitió acercarme a la vida española desde dos dimensiones: la formación universitaria y el trabajo cotidiano.

Pero aquel viaje también fue una peregrinación familiar.

En Barcelona visité a mi tío Raúl De Lera Ortiz; en las playas de Benidorm me encontré con mi tía Rosy; en Cartagena y La Manga pude convivir con mi tío Armando, en Marbella conviví con mucho cariño con Mamen, hija del tío Fernando De Lera Ortíz y su esposo, mi primo político Alfredo García Thil,
y en Madrid conocí a mis tías Milagros y a mi tío Fernando, el menor de los hermanos. Fernando fue una compañía entrañable durante varias de aquellas visitas y me ayudó a conocer mejor a la familia extendida.

Finalmente, viajé a San Sebastián para conocer a mi tío César De Lera. Entre nosotros surgió una amistad que trascendió la distancia y que nos permitió compartir recuerdos, reconocer afinidades y estrechar los lazos que la historia había mantenido separados.

Con mi tío César tuve maravillosos viajes por toda la costa Vasca y Cantábrica, hizo viaje de visita a Tampico para convivir con sus hermanos Roberto y Eduardo. Además, junto mi tío abuelo Fernando De Lera, con el mantuvimos una hermosa relación teniendo la fortuna de recibirlo en Tampico junto a su esposa Amelia y compartiendo muchos viajes posteriores de mis padres a España fincando un reencuentro con los tíos y el hermano hasta el fallecimiento de mis padres.

Aquel viaje me enseñó que la familia no se conserva únicamente por la cercanía física. También vive en las fotografías, las cartas, las historias compartidas y el deseo de saber de dónde venimos.

VII. De Santander a Tampico: la herencia comercial de mi padre

La vocación comercial de la familia continuó en México con mi padre, don Roberto de Lera Padilla, quien se casó con mi madre, María Glafira Mejía Morales, y formó un hogar en Tampico.

Mi padre comenzó en el comercio de muebles y posteriormente incursionó en la joyería y la relojería, estableciendo su empresa en la calle Aduana, en el centro de la ciudad. La vida familiar comenzó en la calle Altamira y después se trasladó a la avenida Hidalgo, en la colonia Sierra Morena, donde crecí y recibí una parte fundamental de mi formación.

Mi padre mantuvo su actividad empresarial y más adelante participó en la distribución de llantas Goodyear Oxo. En la última etapa de su vida profesional se consolidó en la fabricación y distribución de productos comerciales destinados a las principales agencias automotrices.

Su trayectoria fue una continuación de aquella tradición iniciada por mis bisabuelos en Santander y desarrollada por mi abuelo en el Tampico petrolero: identificar oportunidades, construir relaciones comerciales y sostener a la familia mediante el trabajo.

Por mi parte, inicié mis estudios en Comercio y Administración de Empresas en la FCAT-UAT, entre 1972 y 1975, y posteriormente cursé la licenciatura en Economía en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), en la Ciudad de México, durante el periodo 1974-1978.

Durante algunos años mis padres viveron en la capital y estuvieron asociados con mi tío Raúl Padilla Márquez. Más adelante, mis padres compartieron en Tampico sus últimos años de vida, hasta el fallecimiento de mi madre en 2015 y mi padre en 2017.

La historia de mis padres me enseñó que el comercio no era solamente una actividad económica: era una forma de asumir responsabilidades, establecer vínculos con la sociedad y abrir oportunidades para las siguientes generaciones.

VIII. Una herencia que atraviesa el tiempo

Al mirar hacia atrás, comprendo que mi historia personal no comenzó conmigo. Se remonta a aquella familia de comerciantes de Santander que, entre finales del siglo XIX y principios del XX, vio partir a dos de sus hijos en busca de un futuro americano.

César y Armando se separaron geográficamente, pero sus trayectorias quedaron unidas por una misma decisión: buscar oportunidades lejos de casa. Uno encontró en Tampico un espacio para emprender, formar una familia y dejar una huella en la historia de sus descendientes; el otro construyó su propia vida en Cuba.

Mi abuelo César regresó a España, donde formó una nueva familia. Sin embargo, su primera etapa mexicana dejó una descendencia que continuó vinculada a Tampico y a su tradición comercial.

Décadas después, en 1976, tuve la oportunidad de recorrer el camino inverso: viajé desde México hacia España para recuperar las raíces que la distancia no había borrado.

Conocí a mis tías abuelas, abracé a mis tíos, estudié en Bilbao y descubrí que los apellidos adquieren verdadero significado cuando se acompañan de rostros, historias y afectos.

Hoy, como Jorge Alfredo Lera Mejía, profesor e investigador, reconozco en aquella experiencia una lección que también trasciende lo familiar: la identidad se construye con la memoria, se fortalece con el conocimiento de nuestros orígenes y se proyecta hacia el futuro mediante el trabajo y la educación.

De Santander a La Habana, de La Habana a Tampico, de Tampico a Bilbao y San Sebastián, la historia de los Lera es una historia de migración, comercio, adaptación y reencuentro.

Es también la historia de una familia que, pese a las separaciones y los años transcurridos, conserva un mismo hilo conductor: la voluntad de salir adelante sin renunciar a sus raíces.

Y mientras existan recuerdos, fotografías, documentos y descendientes dispuestos a contar esta historia, mi abuelo César De Lera Ortiz seguirá cruzando el Atlántico en la memoria de su familia…

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