La gloria no es de quien la obtiene, sino de quien la disfruta

Por: Yonatan Domíngue

Como aficionado al deporte durante toda mi vida, he observado con asombro hazañas y victorias de hombres y mujeres que parecen no pertenecer a este mundo. Atletas capaces de desafiar los límites de lo posible. A veces pienso que quizá no son personas comunes; quizá son sueños convertidos en realidad.

Y tal vez el deporte siempre ha sido eso: la posibilidad de creer.

Todos los niños y niñas que alguna vez tuvieron un balón, una bicicleta, una alberca o un guante en las manos soñaron con parecerse a alguien. Soñaron con ser Julio César Chávez, Ayrton Senna, Michael Phelps o Sammy Sosa. Todos corrimos alguna vez creyéndonos Usain Bolt. Todos golpeamos una pelota imaginando ser Roger Federer. Todos nos lanzamos al agua pensando que éramos Paola Espinosa.

Cuando somos niños, no soñamos con estadísticas, contratos o campeonatos. Soñamos con emociones. Y precisamente esa emoción es la que representa Lionel Messi.

Durante años he escuchado la misma discusión: ¿Cristiano Ronaldo o Messi? Una rivalidad tan grande que parece haber obligado al mundo a elegir un bando. Como si admirar a uno implicara rechazar al otro. Yo nunca lo he visto así.

Cristiano Ronaldo es, probablemente, una de las demostraciones más impresionantes de disciplina que el deporte moderno ha visto. Es la evidencia de que el trabajo, la obsesión por mejorar y la mentalidad competitiva pueden llevar a una persona a lugares inimaginables. Cada récord, cada regreso, cada gol parece una victoria de la voluntad humana sobre cualquier límite. Aún recuerdo la chilena frente a la Juventus. Todavía siento aquel grito de gol atrapado en la garganta. Cristiano nos inspira porque representa lo que podemos llegar a ser cuando nos negamos a rendirnos.

Pero Messi…

Messi representa algo distinto. Y tardé muchos años en entenderlo.

En la sobremesa antes de la final. Entre amigos discutíamos los méritos de uno y otro. Que si Messi era un oportunista. Que si Cristiano merecía más reconocimiento. Que si uno era mejor que el otro. Mientras la conversación avanzaba, volteé hacia la televisión.

Ahí estaba Messi entrenando. Sonreía, bromeaba con sus compañeros, dominaba la pelota con una naturalidad absurda; parecía estar disfrutando.

Y entonces me hice una pregunta:

¿Cómo puede alguien disfrutar tanto en el escenario donde millones de personas esperan que cargue con sus ilusiones?

Fue en ese momento cuando lo entendí.

La grandeza de Messi no está en sus trofeos, no está en los récords, ni siquiera está en las Copas del Mundo, la grandeza de Messi radica en que nos recuerda quiénes fuimos antes de que el mundo nos convenciera de que todo debía medirse.

Antes de las métricas, antes de las comparaciones, antes de las expectativas, Messi juega como aquel niño que alguna vez fue. Y por eso millones de personas nos vemos reflejados en él, porque todos hemos querido darles orgullo a nuestros padres, todos hemos querido representar dignamente a nuestra familia, todos hemos querido hacer felices a nuestros amigos, todos hemos querido sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos.

Eso es Messi, no porque sea perfecto, sino porque parece mantener viva una ilusión que la mayoría perdimos en el camino.

Vivimos en una época en la que el deporte evoluciona hacia atletas cada vez más rápidos, más fuertes y preparados. Dónde se mide cada músculo para sacar el máximo provecho, eso no es malo. Es parte natural del progreso.

Simone Biles desafía las leyes de la gimnasia. Aaron Judge redefine el poder en el béisbol. Bryson DeChambeau demuestra hasta dónde puede llegar la preparación física aplicada al golf con drives de 350 yardas. Cristiano Ronaldo es una obra maestra de la disciplina. Todos ellos representan la excelencia humana.

Pero figuras como Roger Federer, Nadia Comăneci, Tiger Woods o el propio Messi representan algo diferente.

Representan belleza, creatividad, ese talento que parece imposible de explicar, con el cual solo se nace, ese momento en el que uno deja de preguntarse “¿cómo lo hizo?” y simplemente sonríe porque acaba de presenciar algo extraordinario.

Por eso Messi trasciende el fútbol, porque no nos habla de fuerza, nos habla de felicidad, nos recuerda que todavía es posible disfrutar mientras se compite, que todavía es posible sonreír bajo presión, y que todavía es posible jugar por amor al juego como un niño.

No sé si el próximo domingo Messi levantará otra copa del mundo y quizá se convierta en el mejor deportista de la historia. No sé si algún día aparecerá otro jugador capaz de igualar todo lo que ha conseguido.

Pero sí sé una cosa.

Cuando nuestros hijos pregunten por qué tanta gente admiraba a Lionel Messi, la respuesta no estará en los números, estará en la ilusión, porque Messi nos hizo recordar que los sueños de la infancia no desaparecen; simplemente esperan el momento adecuado para volver a encontrarnos.

Y quizá ahí se esconda la verdadera gloria, no en ganar, no en ser el mejor.

Sino en disfrutar el camino lo suficiente para inspirar a otros a soñar.

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